lunes, 9 de abril de 2012

LA DEBACLE FRANCESA DE 1940 (III): testimonio de José de Dios Amill


El cerco de los alemanes se estaba realizando más pronto de lo que esperábamos, por tanto dieron orden a la 86 Compañía de Trabajadores Españoles, de la que formaba parte como barbero, de abandonar al atardecer de aquel mismo día el lugar donde estábamos trabajando. Debíamos marcharnos a pie y a marchas forzadas a Dijon, ciudad francesa que se hallaba a ciento cincuenta kilómetros de Pommery, el pueblo donde nos encontrábamos

Entre los testimonios publicados de diferentes republicanos supervivientes de los campos nazis, he elegido el de José de Dios Amill (Fraga, 1919-2002)  –publicado con el título “La verdad sobre Mauthausen”- porque comienza con la cita anterior, describiendo el momento  justo en que se preveía la inminente llegada de los alemanes a la zona donde estaba destinado. En este primer capítulo de titulado “En poder de los alemanes”, José de Dios cuenta cómo emprendió una huída desesperada para intentar escapar de un destino que, en un corto periodo de tiempo, resultó inevitable. .

Cuatro republicanos, entre los que se encontraba José, tras haber recorrido a pie unos veinticinco kilómetros en una sola noche, decidieron abandonar la Compañía e intentar por su cuenta avanzar más rápidamente hasta alguna zona más segura. Consiguieron robar tres bicicletas y así se echaron al camino para alejarse del frente, buscando siempre carreteras secundarias para evitar los atascos que se formaban en las principales:

“…la Nacional iba hasta los topes de gente a la que evacuaban en carros, camionetas, turismos y algún carricoche. También se veían muchas motos y bicicletas pero la gran mayoría iba a pie, cargada de ropas y comida. Todos habían abandonado su hogar, lo habían dejado todo en busca de un lugar que les pusiese a salvo de la invasión del ejército alemán. También encontrábamos soldados franceses que se retiraban sin orden ni concierto, sin oponer ninguna clase de resistencia, como un ejército vencido”.

El miedo y los peligros a los que se exponía la población civil causaron una viva impresión en José de Dios, recordándole episodios semejantes, contemplados hacía poco más de un año durante la retirada de los republicanos hacia el exilio francés. Momentos de aparente tranquilidad, en los que nada parecía presagiar un peligro inminente, eran rotos de forma repentina por la presencia de la aviación alemana. Contaba José que un día se hallaban, junto a otras muchas personas, en la plaza de un pequeño pueblo haciendo cola para comprar pan, cuando...

“…se oyó un gran vocerío: la aviación alemana venía del este. Nosotros (..) con las ayudas de las bicicletas, pronto estuvimos fuera del lugar. Al llegar a la carretera empezaron a caer bombas, seguramente sobre la plaza donde debía haber más de doscientas personas. Nunca supimos si hubo víctimas; seguro que sí. Nosotros salimos raudos en dirección a Dijon”.

No alcanzarían su destino puesto que, a pesar de su esfuerzo por avanzar a golpe de pedal, por el camino conocieron que la ciudad ya había sido ocupada y, por las diferentes localidades por las que pasaban, se iban encontrando con los efectos destructivos de la aviación, con la incertidumbre de quienes habían intentado la huída y con secciones del ejército francés que no sabían qué hacer ni a dónde dirigirse. La opinión de José, sobre los militares franceses, la reflejaba al describir la actitud de un grupo con el que coincidieron en uno de los últimos pueblos visitados:

“Como prueba de su categoría militar sólo les quedaba a todos el uniforme pues sus armas las habían depositado en el ayuntamiento del pueblo como signo de rendición incondicional. Al mando de esta tropa había un teniente bastante joven quien, con cierta flema y sin sentimiento aparente, dijo que cuando llegaran los “boches” allí los encontrarían”.

La situación era angustiosa, José tomó conciencia de la inutilidad de su esfuerzo y cuando se fue a dormir –tras el encuentro con este grupo de militares- tenía la impresión que su escapada había llegado a su fin. Irremediablemente sus temores se confirmaron al ser despertados, durante la noche,  por unas voces alemanas que interrumpieron bruscamente su sueño:

Penetraron con violencia, abriendo la puerta de una patada aunque sólo estaba entornada. A la luz de unas linternas y de un reflector, con las metralletas en posición de disparo, nos hicieron salir a la calle con los brazos en alto”.

Era el 20 de mayo de 1940, y se encontraban en la localidad de Bar-le-Duc y allí mismo empezó para ellos un periplo incierto como prisioneros de guerra: fueron internados primero en Toul, después en uno de los campos que los nazis habían establecido en todo el territorio del Reich, concretamente en el stalag XI B desde donde, José, fue deportado a  Mauthausen, en enero de 1941.

Durante los primeros meses de estancia en el campo, vivió relativamente tranquilo gracias a su oficio de barbero, pudiendo escapar, temporalmente, de los trabajos en la temida cantera a la que fue destinado en mayo. Allí tuvo que enfrentarse al trabajo físico agotador, al hambre y al desaliento. Se presentó voluntario, en agosto, para ser trasladado al kommando Brestein situado a unos 200 kilómetros del campo central donde, varios cientos de republicanos españoles, estaban construyendo una carretera. Pasó temporadas muy duras y llegó a pensar que podía ser devuelto a Mauthausen y acabar en el crematorio.  En septiembre de 1942 fue transferido a Steyr para trabajar en una fábrica de motores, siendo liberado en este lugar, en mayo de 1945, por las tropas americanas. 

Tras la liberación se recuperó en París, realizó trabajos agrícolas  y posteriormente se trasladó al Principado de Andorra para intentar encontrarse con su esposa que residía en Lérida. Regresó en 1947 y se instaló definitivamente en  Fraga, junto a su esposa y a su hija,  hasta su fallecimiento en octubre de 2002.

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