sábado, 3 de septiembre de 2011

SAMUEL MODIANO: Testimonio de la deportación de los sefardíes de Rodas.

Vista de la ciudad de Rodas
Torno y digo, que va ser de mi
En tierra ajenas yo mi vo morir.
(Canción sefardí de Rodas)

Lo que prometía ser un interesante paseo turístico por la trama medieval de la bellísima ciudad de Rodas, en un caluroso y agobiante mediodía del mes de julio de 2007, acabó convirtiéndose en una experiencia de un gran valor ético e histórico para las catorce personas que, aquella mañana, habíamos decidido visitar la ciudad prescindiendo del  programa previsto por nuestra agencia de viajes.

Traspasadas las murallas que, desde el puerto moderno, dan acceso a la ciudad antigua visitamos, en primer lugar, una pequeña iglesia ortodoxa que nos sorprendió por su decoración extremadamente barroca. Seguidamente, huyendo del impersonal bullicio de la calle principal, nos desviamos, sofocados por el húmedo calor y acompañados permanentemente  por el irritante canto de las cigarras, hacia las estrechas callejuelas que conservan la original trama medieval de la ciudad.

Una de las personas de nuestro grupo propuso visitar la sinagoga que se  anunciaba en un pequeño cartel situado en una de las esquinas del cruce donde nos encontrábamos. Al pequeño templo hebreo, levantado en el siglo XVI, se accedía por un zaguán porticado que dejaba entrever el espacio interior dispuesto –según nos explicaron- siguiendo el tradicional estilo sefardí. El aspecto de la sinagoga, única abierta al culto en Rodas, evidenciaba una reciente y cuidada restauración.  Un amable señor, de edad ya avanzada pero que transmitía una gran vitalidad, se dirigió a nuestro grupo preguntándonos si éramos españoles al escuchar la continua mezcla del  catalán y del castellano que entremezclábamos en nuestra conversación.

Interior de la Sinagoga
Ante nuestra respuesta positiva y por el interés que mostramos en visitar el templo, nos invitó a pasar, a cubrirnos respetuosamente la cabeza y a tomar asiento para descansar. Samuel Modiano, como así se presentó, se expresaba en un casi perfecto, per o a la vez curioso castellano, similar al que habíamos oído en otras ocasiones a judíos sefarditas y, de una forma pausada, comenzó a explicarnos la historia de la comunidad judía de Rodas. Era descendiente de españoles, de una familia judía originaria de la ciudad de Toledo, que se vio obligada a abandonar su casa cuando, en 1492, los Reyes Católicos los expulsaron de España:  unos treinta años más tarde -nos explicaba- varios miles de judíos sefarditas, que se habían instalado en la Turquía continental solicitaron poder instalarse en Rodas y el gobernador turco, viendo que la diversidad de oficios artesanales y su preparación intelectual podría contribuir al bienestar y desarrollo de la isla, les autorizó a quedarse y crear la una judería en el interior de la ciudad. De esta forma, según las palabras de Samuel, se inició una etapa de más de 400 años de convivencia pacífica con los turcos que conllevaron un desarrollo próspero de la comunidad sefardí y el mantenimiento de su cultura propia: idioma, costumbres, canciones,.....

Todo empezó a cambiar tras el dominio  italiano de la isla de Rodas y sobre todo con la implantación de la política fascista de Mussolini, en la década de los treinta del siglo pasado: el importante colegio hebreo fue cerrado, se vieron obligados a estudiar en la escuela italiana y también fueron obligados a trabajar los sábados. Algunos miembros de la comunidad, viendo el panorama, decidieron emigrar hacia América o hacia otros países de la vieja Europa liberal y democrática. Pero lo peor no había llegado aún, con las leyes segregacionistas de Mussolini, a imitación de las establecidas por Hitler en Alemania, la comunidad judía de Rodas vio más restringida su capacidad de vida: Samuel tuvo que dejar la escuela y su padre, como la mayoría de judíos de Rodas, se vio obligado a abandonar su actividad profesional, empeorando día tras día las condiciones de vida de su familia y, en general, de todas las de la judería.

Mudos espectadores de una narración histórica que habíamos leído y oído en otras circunstancias y en diferentes ocasiones, nuestro respetuoso silencio facilitó la exposición de Samuel que, como empezábamos a imaginar, desembocó en un testimonio emocionado del acontecimiento más execrable de la historia europea contemporánea: el Holocausto judío.

La judería rodense que había llegado a albergar unos 5.000 miembros, en 1944 se había reducido prácticamente a la mitad. En las décadas anteriores muchas familias habían optado por emigrar  por razones económicas y otras  muchas consiguieron salir huyendo, como hemos señalado, ante la implantación de políticas antisemitas. La isla, tras el derrocamiento de Mussolini en 1943,  había pasado a control alemán y durante la segunda quincena del mes de julio de 1944, miembros de la Gestapo, recién llegados a la isla, organizaron el proceso de detención y aislamiento de la comunidad: el día 19 fueron detenidos los varones y el día siguiente: “asustados y sin saber qué iba a ser de nosotros, todas las personas de la judería abandonamos nuestras casas y fuimos concentrados en una plaza que hay aquí cerca (hoy se conoce con el nombre de la Plaza de los Mártires) y de allí nos llevaron a la deportación.  Alrededor de 1.700 personas entre hombres, mujeres y niños permanecieron encerrados en un antiguo cuartel italiano y, el día 23, fueron conducidos hasta el puerto donde zarparon en viejos barcos de transporte de carbón. Tras recoger a un centenar de judíos de la cercana isla de Cos, siguieron el viaje hasta el Pireo (Atenas) donde llegaron el último día de julio, de allí fueron trasladados al campo de Haidari (situado en las cercanías de la ciudad) y unos días más tarde, el 3 de agosto, según el relato de Samuel, “nos subieron a unos trenes de ganado y en un eterno viaje que duró varios días, sin espacio, sin comida  y soportando el calor de agosto fuimos deportados a Auschwitz-Birkenau.

El trayecto de los 1.600 kilómetros que separan Atenas de Auschwitz (Polonia) duró dos interminables semanas: bajo el tórrido calor del mes de agosto, encerrados -a razón de unas 80 o 90 personas por cada vagón- las familias viajaban casi sin agua y sin suficiente aire para respirar, lo cual produjo la muerte de unas 30 personas que eran desembarcadas en alguna de las paradas efectuadas a lo largo del camino.  Este convoy fue uno de los últimos, con destino a Auschwitz, con judíos procedentes de Grecia.

Lo peor aún estaba por llegar, en la selección efectuada el 17 de agosto, en las puertas del campo se produjo la separación definitiva de los miembros de las familias: al bajar del tren unos fuimos obligados a agruparnos a la izquierda y otros a la derecha, madres con sus hijos en brazos eran apartados de sus maridos, los jóvenes separados de los ancianos…. Tras la selección se produjo el asesinato masivo de un millar de judíos rodenses, aproximadamente otros 500 sucumbieron como consecuencia del trabajo esclavo y de las extremas condiciones de vida. Sólo lograron sobrevivir 151 personas: Seguir vivo dependía del lugar donde te situaban y a mí me eligieron para trabajar –continuaba explicando Samuel- y una vez en el campo, quisieron anular mi personalidad –muestra el número de matrícula tatuado en su brazo izquierdo- me convirtieron en un simple número... La  mayoría fueron asesinados directamente en la cámara de gas nada más llegar, nosotros nos enteramos a las pocas horas del destino que habían sufrido nuestros seres queridos”.

Samuel Modiano continuó explicándonos cómo perdió a unos 60 miembros de su familia, entre ellos a su padre y a su hermana, a varios tíos, primos, amigos y vecinos.... un relato que no por más conocido dejaba de transmitir emotividad, sinceridad y dolor. Siguió contándonos que, con tan sólo 13 años, había aceptado como algo natural la presencia cotidiana de la muerte que producía estragos diarios entre sus compañeros ya fuese por el hambre, el frío de aquel interminable invierno polaco de 1944, las enfermedades, el miedo, la fragilidad y la abrumadora soledad que le acompañaba. Una muerte ajena pero que tenía asumida como propia “en cualquier momento yo mismo podía morir”. Nadie tenía asegurada la vida y la supervivencia era contemplada como un objetivo a muy corto plazo: “intentar llegar vivo a la mañana siguiente”.

Ante la presión del ejército soviético, las autoridades alemanas llevaron a cabo una evacuación masiva de los campos el Este hacia los situados en el interior de la Alemania nazi. Samuel –junto a otros miles de internos- fue trasladado al campo de Bergen-Belsen (Baja Sajonia) y, cuando las tropas británicas liberaron el campo, en abril de 1945, la muerte campaba a sus anchas: el tifus, entre otras causas,  había hecho estragos entre la población interna y miles de cadáveres se amontonaban esparcidos por todo el recinto del campo. 

La imagen dantesca de aquellos días permanece imborrable para Samuel quien no encuentra explicación al horror vivido ni justificación a su supervivencia en aquellas condiciones extremas. Con expresión emocionada nos reconocía que “ durante muchos años he tenido un gran sentimiento de culpabilidad – preguntándose a continuación- ¿por qué yo he tenido que ser el único de los míos en salir del infierno?. Mi lugar estaba allí, con ellos, muerto en la cámara de gas”.

Con Samuel Modiano
Nuestro amigo Samuel, tras salir de Auschwitz, rehízo su vida con dificultades y lejos de su Rodas natal: estuvo en el Congo realizando actividades comerciales y, como judío italiano, decidió instalarse, posteriormente, en Roma. Nos reconocía que hace muy pocos años encontró la respuesta que le ha ayudado a superar su angustia vital y aquel sentimiento de culpabilidad: “entendí que sobreviví al Holocausto  para transmitir el testimonio de lo sucedido y mantener el recuerdo de las víctimas”. Consecuente con sus palabras nos explicó que, desde hace unos años, se dedica a visitar colegios de Roma, donde reside buena parte del año, para explicar su experiencia en los campos de exterminio y también acompaña a estudiantes en viajes a Auschwitz para participar en los actos de homenaje y memoria que se celebran cada 27 de enero.  Todo ello con un objetivo claro y que de forma emotiva nos reiteraba al final de su testimonio: “para que nunca nadie vuelva a padecer una experiencia similar a la nuestra, para que los jóvenes como vosotros –dirigiéndose a nuestros hijos en edades que comprendían de los 9 a los 20 años- sepáis lo que sucedió,  y no permitáis que algo igual o parecido vuelva suceder nunca más”.

Acabada su intervención le hablé de la Amical de Mauthausen y de su labor para mantener la memoria de los deportados republicanos. Tras fundimos en un abrazo solidario, mantuvimos una corta pero intensa conversación en la que nos indicó que tuvo noticia de la presencia de ciudadanos españoles, en los campos de la muerte, por haber coincidido con alguno de ellos en los amargos días de Bergen-Belsen y nos transmitió palabras de ánimo para seguir difundiendo la memoria y el recuerdo de todas las víctimas de la barbarie nazi sin hacer distinción de su origen, condición o creencias.  

La comunidad judía, como hemos visto, quedó diezmada  y recientemente, a iniciativa de un grupo de descendientes, se está recuperando la historia de la judería: se ha restaurado la sinagoga Kahal Shalom -donde nos encontramos con Samuel-  en cuyos sótanos se ha habilitado un espacio museístico que recoge la memoria de la comunidad y también se ha restaurado el cementerio donde se encuentran lápidas de unos 400 años de antigüedad. Sus actividades se pueden conocer en la interesante página que tienen en internet: http://www.jewishrhodes.org/.

Monumento que recuerda la deportación de los sefarditas de Rodas
Una placa conmemorativa, colocada en 1969,  junto a la puerta principal que da  acceso a  la sinagoga,  recoge los apellidos de las familias rodenses víctimas del Holocausto, entre los que se adivinan varios de clara procedencia española: Alcaná, Ángel, Franco, Galante, León, Maio, Modiano, Pérez, Rozio, Soriano... Una lista de los exterminados puede consultarse en http://www.sefarad.org/diaspora/rhodes/martyrs.html.

En este proceso de recuperación de la memoria individual y colectiva de las víctimas, se erigió en la Plaza de los Mártires – lugar donde fueron concentradas las familias judías para salir en deportación- el 23 de junio de 2003 un monolito hexagonal, de mármol negro, en una de cuyas caras laterales se lee: NUNKA TE OLVIDES. A MEMORIA ETERNA DI LOS 1.604 DJUDIOS DI RODES Y DI COS EXTERMINADOS EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS. 23 DI JULIO DE 1944.

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