sábado, 23 de julio de 2016

DOMINGO CALVO TERRADO: a un siglo de su nacimiento

22 de julio, una simple fecha del calendario, pero en este 2016 se cumple el centenario del nacimiento, en Ejulve, de mi padre Domingo Calvo Terrado. Hijo de un matrimonio humilde formado por Joaquín Calvo y Manuela Terrado, fue el cuarto de los cinco hijos de mis abuelos que tenían el domicilio en la casa que hoy disfrutamos en el barrio de San Pedro junto al Horno Viejo. Niñez y juventud, la de mi padre, en un entorno rural tradicional donde acudió a la escuela y se fue incorporando a la vida laboral realizando trabajos como mozo jornalero contratado por algunas familias para realizar faenas de temporada. En uno de ellas aprendió el oficio de barbero que mantendría a lo largo de su vida.

Sus hermanos Pedro Joaquín y Manuel estuvieron vinculados con los republicanos ejulvinos que deseaban un cambio político capaz de superar las viejas estructuras de poder controladas por un reducido grupo de familas que ejercían el control económico, social e ideológico de la sociedad ejulvina. Una época llena de esperanzas liberadoras, pero también de miedos ante los cambios que se vislubraban. Así se iban definiendo las posiciones ideológicas de unos y otros con algunos episodios conflictivos: denuncia al alcalde por permitir un “mitin comunista”, alguna reyerta ideológica y hasta vecinos amotinados cuestionando la autoridad municipal.,... En este contexto, los hermanos mayores de mi padre se vieron envueltos en alguno de ellos, como en el escándalo de faldas entre un sacerdote y una maestra local y que sacudió a la sociedad ejulvina dividiéndola en defensores o detractores de las personas implicadas.

Se produjo el golpe de Estado que desencadenó la Guerra española. Aquel 18 de julio, mi padre estaba a punto de cumplir sus 20 años y el acontecimiento le marcó ya para siempre. Sus hermanos se hicieron de la CNT y Pedro Joaquín formó parte del Comité Local. Todos los hermanos lucharon en las filas republicans contra el ejército franquista. Mi padre fue a parar al frente de Madrid de donde volvió con amistades que perduraron toda la vida, anécdotas, miedos y un tatuaje en el brazo izquierzo de una joven, cuyo significado nunca nos llegó a explicar, dejándonos en la incógnita de saber si fue un simple capricho fruto del aburrimiento en las trincheras de la Ciudad Universitaria o si el dibujo correspondía a un mujer real.

Acabado el conflicto bélico, que no el humano y el ideológico. Mi padre permaneció encerrado en un campo de fútbol madrileño durante varias semanas, junto a centenares de soldados republicanos. Explicaba que durante los tres primeros días los pasaron sin recibir alimento alguno, hasta que los hicieron formar y les dieron una pequeña lata de sardinas en aceite. Recordaba que aquellas sardinas, al comerlas sin pan que las acompañase, se deslizaban por la boca y “bajaron directamente al estómago sin notar el gusto que tenían”. Algún chusco de pan suplementario, conseguido en la fila gracias a los “¡Viva la Virgen del Pilar!” que le hizo gritar el oficial encargado del reparto le ayudaron a pasar aquellas jornadas hasta que le permitieron volver a casa.

Alguna vez nos explicó su viaje hasta la ciudad de Teruel y cómo, desde allí, fue acercándose hacia Ejulve: por la carretera de La Zoma llegó sobre el medio día y la mujer que lo reconoció le conminó a que se pusiese detras de ella, “para que no te vean los cabrones que cada día salen al Pie de la Torre para ver si volvéis alguno del frente”. Atemorizado se dirigió a casa donde recibió las primeras noticias de la situación en se hallaba el pueblo desde que había sido tomado por los nacionales a finales del mes de abril de 1938 y las circunstancias en las que se encontraban sus hermanos: los dos mayores estaban detenidos y Pablo su hermano pequeño, de la quinta del biberón, estaba en un campo de trabajo. Si a ello sumamos que mi abuela Manuela había fallecido durante la guerra, el panorama era desolador.

Después de comer se presentó al Ayuntamiento donde ya lo estaban esperando. Fue recibido con risas e insultos por las nuevas autoridades y uno de ellos le dijo “¡Hombre Domingo, ya has venido! Tendrás mucha hambre atrasada cuando has ido a casa, antes de pasar por el Ayuntamiento”. Mi padre contestó algo parecido a esto: “no he pasado hambre nunca hasta que me han detenido y me han tenido varios días sin comer...”. No tuvo tiempo de acabar la frase, puesto que uno de ellos (¡para qué recordar su nombre!) de dió una bofetada que a punto estuvo de tirarle al suelo. Rabia, impotencia y humillación es lo que sintió mi padre en aquel momento y, con los puños cerrados, un juramento interno recorrió sus entrañas. De allí fue conducido a una improvisada prisión en una de las casas de la Plaza, donde permanecían hacinados un grupo de ejulvinos retornados, como él, del frente. Sólo la intervención posterior de un militar hizo entrar en razón a aquellos desalmados que ostentaban la autoridad local sin ninguna legitimidad, conminándoles a fusilarlos o a trasladarlos a una prisión que reuniese una mínimas condiciones peró afirmando, con rotundidad, que no podían continuar en aquella situación.

Mi padre formó parte del contingente de soldados republicanos que fueron obligados a repetir el Servicio Militar. Primero estuvo destinado en Teruel y posteriormente en Zaragoza. Entre la Guerra y el Servicio estuvo ocupado, como otros muchos, cinco largos años que consumieron buena parte de su juventud. Mientras, la maquinaria represiva del franquismo siguió actuando contra la población derrotada. Pedro Joaquín fue encarcelado, posteriormente se decretó su destierro de la provincia de Teruel, no pudiendo regresar a Ejulve y se instaló en Caspe. Manuel, que había sido detenido en Alicante, también fue encarcelado y, tras haber sido sometido a un jucio sumarísimo que nada tuvo de justo e imparcial,acusado de haber estado a las órdenes del Comité local, fue condenado a muerte. Su ejecución tuvo lugar el 14 de agosto de 1941 y su asesinato fue uno más de los miles que se llevaron a cabo, durante aquellos años, por el nuevo régimen fascista en la capital aragonesa. Mi padre se encontraba en Zaragoza realizando el servicio militar y esperaba diariamente la publicación de la lista de fusilados y aquel 14 de agosto, al comprobar que su hermano había sido ejecutado, sintió dolor y una rabia immensa, però al mismo tiempo se vió liberado del temor a ser llamado para participar en el fusilamiento de su propio hermano.

Cuando regresó a Ejulve siguieron años de trabajo y de recomponer la vida en medio de aquel ambiente de posguerra. A principios de 1949 se casaron mis padres y mi madre, Aurelia Gascón, tuvo que asumir un situación complicada por la enfermedad en la que cayó mi padre, la muerte de mi abuelo Joaquín y el nacimiento de mi hermano a finales de 1949. Dificultades de todo tipo que fueron superadas gracias a que la familia de mi madre se volcó en su ayuda....

No recuerdo con exactitud en qué momento de la niñez comencé a tener conciencia de la propia historia familiar, pero conservo claro el recuerdo de las conversaciones en la barbería que regentaba mi padre en una de las sala de nuestra casa y así lo recogí en la introducción de mi libro “Itinerarios e identidades. Republicanos aragoneses deportados a los campos nazis”:

Sigo sin comprender muchas cosas de las que ocurrieron. Personas muy cercanas sufrieron mucho, la historia personal está llena de silencios, de zonas oscuras que nadie me ha aclarado, de resentimientos contenidos y también, de amistades que perduran por encima de los cambios y enfrentamientos generacionales. Las conversaciones oídas, en la barbería de mi padre, fueron la primera clase de historia, de sociología y de política, al final de los años 60. Según quienes esperaban, sentados en las viejas sillas de anea, se hablaba de la Guerra que todo lo cambió, de la Guerra que trajo la desgracia a tantas familias, de la Guerra que expulsó a tantos, de la Guerra de los muertos, de la Guerra de los vivos, de la Guerra en el frente, de la Guerra que trabó perdurables lazos de amistad,… La conversación podía cortarse de repente: alguien se había incorporado al grupo y, tras unos segundos de silencio, casi sin transición, sin cambiar el tono ni la intensidad, quizás alzando un poco más la voz, se pasaba a hablar de la cosecha de cereal, del tiempo que hacía, de los corderos que tenía “tal o cual”, de lo bien que le iba a “fulano” desde que se había ido a Barcelona y que “zutano” se estaba preparando todo para irse a trabajar a la SEAT,…

Mis padres no tardaron en plantearse emprender un camino similar, mediado el año 1970 algo empecé a captar y a primeros de noviembre cerramos la casa y nos fuimos a vivir a Barcelona. No era consciente de lo que suponía la emigración, ni de las consecuencias de los cambios que se iban a producir tanto a corto como a largo palzo. En todo caso si que recuerdo las lágrimas de mi madre al despedirse de su padre y de sus hermanos: los cuatro estaríamos juntos de nuevo, peró la distancia física que se iba producir, era una prueba muy dolorosa a los intensísimos lazos afectivos que mantenía con su familia en Ejulve. Poco duró la estancia de mi padre en la Ciudad Condal: el 11 de agosto de 1976, durante sus vacaciones en Ejulve al que todos regresábamos cada año, un inesperado infarto acabó con su vida, mientras jugaba una reñida partida de guiñote con unos de amigos. Acababa de cumplir los 60 años.

Sus restos, junto a los de mi madre, reposan en el cementerio de Ejulve. Han pasado ya 40 años de su muerte, permanece aún en el recuerdo con emoción pero sin dolor y, cuando ya me encuentro próximo a sus 60 años, he querido recordarle, manteniendo su memoria con estas líneas que comparto a modo de homenaje personal, coincidiendo en el 80 aniversario de la Guerra, el episodio que marcó, de forma indeleble, la vida de millones de persones y, entre ellas, la historia personal de mi padre.

Ejulve a 22 de julio de 2016 a las 15:00, hora que figura en el Registro Civil como la del nacimiento de Teófilo Domingo Calvo Terrado en aquella fecha del año 1916.

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